En el post anterior escribí sobre Cela y su presunto plagio -que para mí no es presunto, sino real, pero como conocedor del Derecho sé que debo añadir el término-. Hoy quiero escribir sobre cómo funciona la política. Y puedo escribir sobre ella porque este que escribe ha estrechado la mano de un ex-Presidente de Gobierno, ex-Presidenta del Congreso Valenciano, ex-Ministra de Cultura, uno de los actuales Consellers de la Generalitat Valenciana y, por encima de todo, es hijo de quien fue político. En pocas palabras: ha mamado política por los 4 costados. Seguramente, por eso no me interesa. Por otro lado, también ha estrechado la de drogadict@s, gente con problemas mentales de todo tipo, camellos, barriobajeros y demás. Supongo que siempre me gustó conocer todos los lados de la realidad.
Nunca, absolutamente nunca, he escrito sobre mi biografía. Y nadie, absolutamente nadie, sabría identificar a KC con una identidad real (quizás una persona, pero no creo que encuentre nunca este espacio). Comienzo diciendo esto por si hay alguien que crea que escribo sin conocer como está el patio...
Tampoco voy a decir nada nuevo que nadie sepa: que la política es el campo de acción de embusteros, acreedores de favores, hacedores de favoritismos, palabreros, rufianes, manipuladores de la palabra y demás jungla verbal e interpretativa que bien pudieran, muchos de ell@s, haberse dedicado al Teatro. De haberlo hecho, seguramente habrían sido más honestos, con sí mismos y con los demás.
Como buen centrista de toda la vida, observo desde la distancia el juego a que nos tienen acostumbrados estos personajes, la mayoría de los cuales se han dedicado a la política por el mero hecho de que el aura solemne de su capa les otorga poder, la auctoritas de toda la vida. Absolutamente para nada más. Este tipo de personas -por supuesto no hablo de la generalidad, sino de un porcentaje realmente pequeño- entran en la vida política, generalmente, de la mano de un apoderado o padrino que les guía en el complicado tema de tejer y mantener según que relaciones sociales. Esto se hace más evidente en uno de los partidos políticos de toda la vida, que no voy a nombrar por respeto a la imparcialidad. En ese partido, el tema de apadrinamiento es casi un rito, ancestral y necesario, para poder llegar a olfatear su cúpula. Es curioso que, además, son personas que suelen relacionarse por y para servirse unos a otros en detrimento de los demás. Por tanto, bien pudiera decirse que la camadería y el corporacionismo son piezas claves en sus señas de identidad. En parte, y espero que nadie se sienta molesto, me recuerda al mecanismo de la mafia, el cual he seguido durante bastantes años. Qué pueda ser mafia y qué no pueda serlo voy a dejarlo para la reflexión del lector...
Lo que tengo cada vez más claro es que las asociaciones formadas con el único objeto de aumentar el poder de sus asociados, no suelen acabar bien. He visto muchos ejemplos... y seguro que no soy el único. En este tipo de grupos en los que quienes lo forman suelen ser ávidos especuladores y expertos del a ver qué cae, tarde o temprano se produce una crisis/conflicto que genera una lucha interna entre sus múltiples individuos. Curiosamente, y esto es ya demencial, los perfiles a los que hago referencia suelen ser los primeros que intentan camuflar el Estado de Naturaleza descrito por Hobbes -entre otras cosas se aferran a la idea de un Dios salvador, justo y juicioso-, y los primeros en posibilitar sus destellos. De hecho, la esencia del Derecho es justamente ese: salir del Estado de Naturaleza. Es por ello que se hicieron las leyes. Y quien falta a esas reglas de conducta, está, de algún tipo de forma egoista, vulnerando el derecho a otro a vivir en paz. Esa falta de respeto hacia los demás, es igual de LAMENTABLE en el caso del Rey como en el de un mendigo que no tuvo opción a recibir una educación, pero no es igual de EXIGIBLE. Imaginemos un político... que se supone que se dedica a servir a los ciudadanos.
Lo curioso, es que en su mecanismo de poder y como posible solución a posteriores problemas legales, estos tipejos deplorables suelen tejer todo tipo de relaciones con otros tipejos de su misma calaña. Por supuesto, con la misma finalidad: favorecerse entre ellos.
En resumen, bien pudiera decirse que, si hace 20.000 años nuestros ancestros formaban grupos específicos con la finalidad de protegerse y favorecerse entre ellos en detrimento de los demás -aquí demás significaba, posiblemente, tener rasgos raciales diversos-, hoy en día ciertos personajes siguen manteniendo ese instinto natural de animal gregario, de lucha por el ego, de necesidad de alcanzar escalones de poder para dirigir a los demás. En fin, que la biología debería hacer un estudio serio sobre la relación entre diversos individuos, su actividad y capacidad cerebral y física, y la política.
Seguro que nos sorprendería.