No hace falta haber estudiado en Harvard para saber un poco de sistemas económicos, como tampoco hace falta apellidarse Keynes o Smith para entender que la economía es una ciencia artificial creada -entre otras cosas, pero sobre todo- para mitigar el estado de naturaleza que acuñó Hobbes. Sin economía no habría organización, ni voluntad, ni por ende sistema. La economía es un pilar básico para aquello a lo que aspire el significado de la palabra "política". No existe política sin economía, pues no hay organización posible sin que sus componente tengan los estómagos llenos. Y es que, según dicen por ahí, el ser humano es un homo economicus que necesita de estímulos para que actúe. Llegados a este punto, estaría bien que algún teórico nos definiera ese concepto indeterminado, ya que parece que algun@s necesitan más estímulos que otr@s en su economía diaria. Para tamaña empresa quizás uno de los problemas sea que los economistas, en general y como es natural, no suelen tener ni puta idea de psicología, pues las Facultades universitarias se bastan con generar grandesconocedoresdealgoeignorantesdetodolodemás, empezando por algun@s de las "eminencias" que imparten las lecciones.

Siendo sincero, he de decir que todo lo anterior ya ni me va, ni me viene; confieso que ya no creo en que señores y señoras con estímulos económicos alimentados de sobra vayan a arreglar muchos de los problemas actuales. Quizás ese sea uno de los puntos negros del "Estado del Bienestar"... no hay que ser un gran psicólogo para saber a qué me refiero.
Sin embargo, si hay algo que me asquea, me da náuseas, me revienta y hace que la sangre me hierva es que alguien quiera jugar a un juego en el que él o ella crea estar por encima de las reglas propuestas.
Imaginemos que usted y yo estamos en una isla desierta en la que los recursos naturales escasean. Como seres vivos con necesidades biológicas que somos, tendríamos tres opciones: matarnos el uno al otro -eliminando de golpe el otro problema-, que uno de los dos esclavizara al otro, o intentar cooperar para el común beneficio. No sé usted, pero yo, como ser pensante que me considero, le propondría la tercera opción, aun cuando me guste la idea de la segunda -sobre todo si fuera yo el cacique y no el esclavo-.
Ahora imaginemos que, una vez confirmado el pacto de cooperación y no agresión entre usted y yo -con el último fin de vivir hasta el último de nuestros días en una mínima armonía-, comenzáramos a idear cosas que pudiéramos hacer para mejorar nuestra calidad de vida. Es muy probable que, desde el principio de la estancia en nuestra paradisiaca isla, usted y yo tuviéramos distintas visiones o interpretaciones de la realidad. Usted tendría sus argumentos y yo tendría los míos. Y quisiera pensar que los dos basaríamos nuestras propuestas en concepciones lógicas con respecto a qué acciones nos convendría comenzar primero, siempre en beneficio de los dos.
Como casi con toda seguridad en muchas ocasiones no llegáramos a un acuerdo, ya que quizás usted prefiriera comenzar recolectando comida y yo, que me encanta dormir, preferiría comenzar mullendo un armazón que sirviera de cama, deberíamos idear algún tipo de mecanismo o sistema que sirviera para dar, en momentos puntuales, mayor potestad a uno de los dos. Los puñetazos y los gritos podrían ser uno, pero tienen la desventaja de que sería como haber vuelto a la primera decisión y tirar por los suelos todo el trabajo forjado entre usted y yo.
Imaginemos, pues, que el sabio Mar que rodea nuestra isla nos acerca hasta la orilla una baraja de cartas de un antiguo naufragio. Sigamos imaginando que decidimos inventar un juego que servirá como instrumento para decidir quién de los dos decidirá sobre algo en un momento determinado. Supongamos, entonces, que entre los dos forjamos las reglas de ese juego: número de cartas que se dan, objetivo y finalidad del juego, normas esenciales, cuántas vueltas son necesarias para dar por terminado el juego, sistema de puntuación, etc.
Imaginemos que jugamos diez primeras partidas de prueba; paulatinamente, la experiencia iría enseñándonos a los dos, tanto a usted como a mí, modos y medios para poder ganar y, por tanto, poder decidir cuál será la siguiente acción: ir a pescar, escalar palmeras, ir a explorar... Al principio, al ser los dos noveles en nuestro propio juego, la cosa estaría más bien reñida. Unas veces ganaría usted y otras yo. Por tanto, usted decidiría unas y yo otras, siempre en interés del bien general. Aquí seríamos iguales tanto usted como yo.
Ahora imagine que usted, tras muchas partidas, idea un sistema -dentro de las reglas pactadas- para poder jugar mejor sus cartas y, por consiguiente, ganar más partidas y decidir más veces que yo. Quizás haya quien se cabreara por este hecho, pero a mí, sinceramente -y aquí es dónde espero que alguien me defina el concepto de normalidad-, no me importaría que me ganara -y por tanto que decidiera- ya que estaría demostrándome que tiene ingenio, y a mí nunca me ha gustado dejarme llevar por alguien menos agudo que yo.
Ahora bien, imagine que esa racha de partidas ganadas comienza a evaporarse y que, por mucho que siguiera aplicando el sistema que tantas neuronas le costó, ya no funciona. Sencillamente, imagine que ahora soy yo quien comienza a ganar todas las partidas de forma implacable y por tanto a decidir por los dos. Por lo que sea, mis decisiones no le acaban de gustar así que se esfuerza en idear otro sistema de juego para poder volver a ganar alguna partida. Sin embargo, por mucho que idea, piensa, urde, proyecta, planea, esboza, diseña, estructura y calcula, simplemente no vuelve a ganar una partida más en todo un mes. Durante ese mes, todas las acciones, y por tanto sucesos, serían responsabilidad mía, ya que yo sería el ganador continuo de nuestro juego ideado para ver quien decide por los dos.
Ahora imagine que un día, como otro cualquiera y sin esperarlo, descubre que yo he ideado otro sistema, pero ya no con el propósito de mejorar mi experiencia de juego por encima del suyo, sino que únicamente he marcado las cartas de forma que usted no lo había descifrado. ¿Cómo se queda? ¿Se puede considerar ese sistema como válido? Pues ese es, a día de hoy, el sistema político que se está implementando en diversos países.
Después del cuento de palabras bonitas, me quedan 2 mensajes:
Para los teóricos: estoy hasta los huevos de leer que el sistema ecónomico capitalista falla, más bien es el neoliberalismo la bisagra que ha jodido la puerta. Hay que ser rematadamente imbécil para no darse cuenta de que el mucho dinero en muy pocas manos y el todo vale más el quiero más es el fundamental y único problema de toda la denominada "crisis". Y eso no es algo económico, so gilipollas. Aunque no lo podáis percibir, el dinero es un algo artificial que tiene el don de convertir en mero artificio todo lo que toca. No subestiméis el concepto.
Para los estómagos agradecidos: o lo que es lo mismo, peloteros, lameculos y demás personajes que sólo se limitan a asentir a sabiendas de que eso no les incomodará en su artificial película del día a día: sois la verdadera lacra de todo el sistema. Eso sí, cuando caiga el primer alpinista sabed que caeréis todos detrás de él.
Y bueno, en fin, que esto pasa con las putas democracias gerontocráticas: que generalmente no saben de nada, pero de lo que saben, saben demasiado.
Saludos.
"No sé la cantidad de gente que habré colocado en doce años" ---> Surrealismo en estado puro.
Carlos Fabra, imputado por corrupción, se lleva el Gordo del Niño ---> el mismo del enlace anterior.
Involucran a Berlusconi en otro caso de corrupción.
Hallan muerto en su celda a un alcalde francés acusado de corrupción
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