Recuerdo que cuando escribí ésto tuve la sensación de ser el malo de la película, el contador de historias sin finales bonitos, de esos que no tienen sonrisas de perfecto esmalte y cabello sedoso al viento. Gran parte del por qué escribí La Melodía del Violinista fue por este tema, que siempre me amargó la existencia, no por su contenido, que también, sino por su tremenda paradoja. De hecho, sentí haber conseguido un objetivo cuando alguien a quien admiro literariamente describió mi novela como una "píldora para combatir estados de infelicidad". Nunca quise ir de profeta, pero estoy observando cómo muchos síntomas de principio de 2000 se están cumpliendo. La artificialidad nos está comiendo y, lo que es peor, no somos conscientes. Meros autómatas en un mundo en el que cada vez nos encontramos con más y más GILIPOLLAS y, por ende, gilipolleces que nos alienan y nos aislan (y evidentemente no me refiero a quienes deciden quitarse la vida, sino a enfermos mentales que manejan poder político, judicial, legislativo o empresarial y que están influyendo, de una u otra forma, en las mentes de personas). Lo peor de todo es que soy perfectamente consciente de que ésto le importa una mierda a la gente. Hasta que le toca de cerca, claro. Y parece que ahora hay mayores probabilidades.
Noticia de hoy en Público:
El suicidio, segunda causa de fallecimiento entre los jóvenes.